Crear desde la adversidad

No siempre crear es un gozo. A veces crear implica ejercer un acto firme de voluntad que nos movilice por encima de un estado de desanimo. Desarrollar y sostener una actitud que haga prevalecer la decisión de crear por encima del abatimiento circunstancial, de las adversidades que la vida puede presentarnos. Crear por encima de las dificultades que insisten en llamar la totalidad de nuestra atención y energías para que las enfoquemos en los problemas en vez de en las soluciones, desgastándonos aún mas.

Tener el valor y la certeza, el convencimiento interior que generar un espacio para la creatividad en medio de los problemas es estar trabajando a nuestro favor y no en contra. Que no es un escapismo ni un desentenderse de las responsabilidades asumidas como pretende hacernos creer esa voz de los pensamientos y emociones autosaboteadores que intenta paralizarnos en la contemplación fija y enfermiza de las dificultades.

Suele haber algo en nosotros que se ha vuelto adicto a las hormonas del stress y quiere mantenernos sumergidos en ese estado inútil de preocupación, por no decir de pánico, que genera esas sustancias toxicas con la profusión de una vaca lechera. Vencer esa fijación como de síndrome de stress post traumático, superar esa adicción atravesando la crisis de abstinencia habiéndonos adueñado de nuestras emociones, y aprender a mirar lo que nos falta como si ya lo tuviéramos, y dejar de mirar lo que no queremos como si nunca hubiera estado, y ganar la pulseada a la realidad hasta que capitule y se avenga nuestro mandato, y conquistar nuestra mente y sus pensamientos, y nuestra personalidad y sus estados emocionales, y nuestra genética y sus proclividades hereditarias, de modo que nuestros peores enemigos se transformen en nuestros mas grandes aliados, es algo por lo que todo artista debe atravesar.

Es una lucha librada en nuestro interior. No importa los disfraces que la realidad externa cuelgue, como mascaras, en torno a esa energía antagónica contra la que nos vemos luchando: esa energía la hemos creado nosotros mismos y la única manera de desarticularla es trabajando dentro de nosotros mismos.

Todo artista atraviesa ese estado en algún momento de su vida. Un día la vida lo pone frente a circunstancias de tal dificultad que son como una pregunta que se le hace al significado de su pasión creadora. Es probado hasta en su fibra mas íntima. Es exhortado a responder colocando en una balanza el peso exacto del valor que le confiere a su obra. Es su noche negra del alma.

Si la atraviesa con éxito recibe un titulo indeleble de Artista con mayúsculas,  que le confiere a su creatividad una profundidad y a la vez una sencillez y una soltura, un vuelo y una madurez que hubiera sido muy difícil de obtener de otro modo.

Aunque no se perciba en una primera aproximación, la naturaleza esencial de todo acto creativo no es la obra plasmada allí afuera, por mas grandiosa que sea, sino la obra plasmada allí adentro: el propio artista metamorfoseado por su propio impulso vital, su crecimiento en sabiduría y en conocimiento de sí mismo.

Muchas veces este fruto solo brota de la rama de la vida cuando se necesita vencer una adversidad. En ese sentido el artista consagrado en su fuero íntimo también puede decir, como Cristo: “Yo he vencido al mundo”.

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Los Caballos Sedientos.

Si fuera un caballo sediento buscaría aquel primer espejo de agua en que mi hocico salvaje olisqueó la furiosa libertad del cielo. No me contentaría con beber de un bebedero como hacen los viejos caballos de la manada, que beben entregados en una resignación que es como la antítesis del espíritu equino.

Yo conozco esas miradas tristes, beben sabiendo que una cosa es calmar la sed del estomago y otra muy distinta calmar la sed del alma. Pero no saben, no pueden, o se convencieron que no deben, pretender saciar la sed del alma, porque eso sería meterse en problemas con sus amos.

Y ahí están. Me da tristeza verlos. A ver si me puedo explicar. Todo caballo tiene un anhelo primitivo, puro, auténtico, que yo pensaba que era innegociable pero me equivoqué, que lo lleva a buscar aquel manantial original, donde saciar la salvaje sed de libertad y amplitud. Pero más tarde, cuando es domesticado, pasa a contentarse con el agua de los bebederos. Y en su mirada se advierte, por más que quiera simularlo por pudor o vergüenza, que habiendo hecho así se ha traicionado a sí mismo.

Eso le produce un enfado inmenso que lo va matando por dentro y él lo sabe, y no le queda otra alternativa (ya que a partir de entonces su vida no es más vivencia, sino sobrevivencia), que ejercer el oficio de los cobardes, esto es: redirigir en sentido inverso, o sea desde afuera hacia adentro, esa energía que en su interior lo impulsa a buscar el manantial original allá afuera encarnando así en este mundo el espíritu del caballo, que es a lo que originalmente vino (esto es: impregnar y marcar el mundo con la energía de su presencia indómita), aplicándola sobre sí mismo en la negación del impulso original. Cuánto sufrimiento trae aparejada para un caballo la mansedumbre!

Viéndose obligado por la necesidad de sobrevivir, la cual está alentada por el terror a perder la vida (hace rato la perdió y no quiere admitirlo aunque lo sabe, pero el dolor de saber que se miente a sí mismo es más tolerable que el de sentir que es un cobarde), a cuestionar su anhelo primitivo, hace violencia sobre sí mismo en un desesperado acto de represión.  Se fuerza a que las apariencias de mansedumbre y sumisión se conviertan en lo que él quisiera definir como una nueva naturaleza. Pretensión imposible. Y a esa actitud de capitulación la suele llamar sabiduría, en un intento de disfrazar lo despreciable con las vestiduras de lo sublime, y es mentira. La naturaleza siempre es una, las máscaras son infinitas. A veces sueña con el día en que no sienta más aquel anhelo antiguo, y por fin pueda vivir en paz, y beber del agua del bebedero sin mayores pretensiones que las de calmar la simple sed del estómago.

Cuando un caballo llegó al punto de semejante sumisión, no tiene otra alternativa que transformarse en su propio opresor. Aplicar sobre sí mismo la voz del amo como si fuese propia, en una escenificación de falso poderío. Pero para aquellos que han caído y cometieron el grave perjuicio de creer, conformarse y, por lo tanto, confirmarse en su caída, el engaño de fingir que no se tienen piernas es preferible al arriesgado acto de levantarse y avanzar hacia la meta con unas piernas atrofiadas producto de no haber sido utilizadas. La debilidad de las piernas es consecuencia de la debilidad de la voluntad, y la debilidad de la voluntad es consecuencia de la debilidad de la propia confianza.

Cuántos caballos introyectan la ira, y al resultado externo de  ahogarla en el agua enfermiza de una calma mentirosa la denominan virtud, cuando es cobardía disfrazada.

Sabemos que el miedo es acomodaticio y es el origen de todas las excusas. En verdad no hay espectáculo más triste que un caballo miedoso. Mejor le resultaría galopar furiosamente hasta el borde del precipicio y lanzarse al vacío, que quedarse pastando dócilmente mientras espera que en cualquier momento, aparezca el amo, lo vuelva a ensillar y su lomo se arquee nuevamente bajo el peso atroz de la entrega. Ya no es dueño de su vida, su vida le pertenece a otro, sus espacios y sus tiempos le pertenecen a otro, y así finalmente su vida pasó a ser una espera, la espera anodina de una nada que se prolonga por tiempo indefinido.

Todo eso se le ve en la mirada al caballo vencido mientras bebe el agua de los bebederos.

Dudo en dejar el texto acá. Y que el lector, aunque corra el riesgo que me termine odiando, intente comprender por sí mismo de qué se habló, cuáles son los alcances y significados de la metáfora. Qué factores y personajes estoy nombrando. Porque es muy cierto que si el lector siente dentro suyo la efervescente proximidad de una revelación,  es porque su alma le esta jalando el brazo diciéndole “es por acá! es por acá!”, y hay que dejarlo, que la revelación se le revele por sí misma. Que tenga esa experiencia que lo enriquecerá. Y no sobre-escribir.  Que es lo mismo que darle todo servido en bandeja y digerido, para finalmente haberle sustraído el bocado más preciado a costa de una comodidad que, como la comida chatarra, simula alimentar y no solo no alimenta sino que envenena, pero a la que está tan acostumbrada la humanidad actual.

Qué es el caballo? Qué es el agua? Qué es la sed? Quién es el amo?

Hay dos maneras de pintar. Como hay dos tipos de caballos. Una emoción auténtica a la que seguir en forma inclaudicable, heroica, aunque no tengamos asegurada la provisión de agua al final de la marcha. Pero intentarlo una y otra vez hasta que el acto de pintar sea como beber el cielo. Y no contentarse con menos.  Pintar con esa pasión furiosa y salvaje que no reconoce otro amo más que su propio fuego. O simplemente hacer pintura de bebedero.

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Inicios II

Cuando tomo los pinceles siempre trato de regresar a las fuentes. A que fuentes? A las fuentes originales, aquellas que experimenté la primera vez que tomé un pincel y me puse a pintar. Aquella motivación que me robó el aliento en un vuelco del corazón, y me dejó temblando sin poder respirar en una cornisa resplandeciente y diminuta frente al  desmesurado panorama de un propósito puro.

Desde esa cornisa veía el interminable cielo refulgiendo en la luz de un significado que no alcanzaba a comprender, pero que supe que era aquello que siempre había estado buscando.

Esa sensación, ese éxtasis, era como una embriaguez y un vértigo, y mi pensamiento trastabillaba intentando alcanzar y sostenerse en el avance de una parte salvaje y sagrada de mí que me llevaba jalando de los pelos, corriendo y a los tropezones, al encuentro con algo tremendo, impresionante, que no sabía qué era pero que me atraía irresistiblemente.  Aquel impulso provenía desde una profundidad desconocida dentro de mí, y me llevaba a buscar algo al final de un túnel ascendente en cuyo extremo brillaba la claridad de un paisaje que aún no había visto y quería, necesitaba, a toda costa conocer. Aunque en eso me fuera la vida.

Y así, ponerme a pintar tenía mucho de ir escalando arduamente una montaña, pero por dentro, en la oscuridad, el terror y la húmeda y tórrida opresión de un túnel de tierra y piedras, como quien está subiendo por la chimenea de una gruta interior, por momentos asquerosamente babosa y resbaladiza, y por momentos duramente cortante y filosa, por la que uno apenas cabe, rumbo a una abertura allá en la cima, donde se vislumbra un resplandor que enceguece, y se adivina un viento helado que azota.

Clavando las uñas en las piedras hasta perderlas se va subiendo hacia aquella abertura mas allá de la cual se manifiesta el panorama de una verdad tan cruda que descarna. Donde un viento como la voz de Dios estremece y golpea a cientos de kilómetros por hora  aparentemente empecinado en  querer lanzarnos al vacío (convengamos por ahora en que llamo Dios a la manifestación cruda del Principio Vital, que está por encima de toda pretensión de entendimiento humano, y que por eso puede llegar a parecer tan hostil. Pues cuando no se comprenden los motivos del Amor, suele confundírselo con insensibilidad, con crueldad e indiferencia). Cuando se está en esa cumbre uno siente el deseo de gritarle al viento: “Porqué me quieres matar ahora que llegué hasta vos?” Y el viento responde: “No te quiero matar, te quiero vivificar para siempre, y para eso te tengo que arrancar la cobardía”.

Entonces pintar siempre tuvo mucho de lucha encarnizada, de cosa impregnada, embebida como una esponja en sangre, de una pugna contra varios enemigos que en el fondo son uno solo contemplado en sus diferentes aspectos. Lucha contra la cobardía, contra el miedo a atreverse, a exponerse. Lucha contra el barniz de mentira que este mundo con sus imperativos sociales y costumbres va depositando sobre la propia piel, desde muy temprano (inadvertidamente si no se realiza el trabajo interior de permanecer alerta y despierto), y que hay que estar permanentemente arrancando porque si no se lo arranca va creciendo en espesor y se transforma en una segunda piel con sus propios capilares de venas y arterias nutritivas alimentándose de nuestra sangre, con sus propias células sudoríparas y pilosas, con su propia mentalidad orgánica que sutilmente va adueñándose de la nuestra y termina suplantándola, y a partir de allí ya vivimos con una identidad alterada: hemos sido parasitados y nuestra vida es ahora la vida del parásito en nosotros. Ese parásito se llama conciencia social, y entre otras cosas nos dicta lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede y lo que no se puede hacer, y pervierte el propósito de nuestra existencia suplantando la misión de nuestra alma por el imperativo del rebaño. Nos nubla el panorama de la realidad espiritual desde la cual venimos y a cuya luz nuestra vida cobra todo su significado, reemplazándolo por un escenario en cuyo dominio nos obliga a actuar según las reglas y necesidades que conforman una realidad diseñada por algo que no somos nosotros, y esto es lisa y llanamente esclavitud y victimismo.  Lucha contra el tiempo que se va consumiendo como la luz de una vela y amenaza con dejarnos a oscuras, y es preciso entonces hacer la obra mientras aun la luz está brillando, esa es la primera tensión del artista, es la lucha contra la muerte, que inicia con el primer respiro. Lucha contra nosotros mismos en nuestros aspectos contrarios y saboteadores de nuestra intención vital. Lucha contra las tosquedades psicomotrices de nuestros músculos: estas manos, estos dedos, estos ojos, este cerebro, deben ser enseñados, adiestrados para ver y  pintar aquello que nuestro ojo interno vio y necesita plasmar allí afuera. Finalmente todas las luchas se reducen a una sola, la lucha de abrirse paso por un canal de parto y nacer. Parición. Alumbramiento. La obra exige ser parida. Y en ese parto nos parimos pariendo la obra. Somos complementarios de nuestra obra. La obra nos pare, así como siempre nos pare todo acto de conocimiento verdadero.

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Génesis de una pintura

Acrílico sobre tela, 40 x 50, 2012Siempre me ha resultado fascinante contemplar la secuencia cronológica en que una pintura se va conformando. No deja de asombrarme, aún cuando en este caso se trate de una obra mía. Porque cuando la observo de esta forma la experiencia es completamente distinta de la que tengo mientras la estoy pintando. Y es motivo de intenso placer experimentar esta diferencia!

Básicamente la pintura para mi se reduce a dos temas, la elaboración de los degradados y las veladuras. Es decir, aquí, en mi opinión se concentra la magia de la pintura, hablando de pintura figurativa claro, que consiste en hacer que un volumen sea proyectado en un plano y transmita la ilusión de tridimensionalidad.

Si bien me encanta el hiper-realismo no es ese estilo el que me propongo desarrollar cuando pinto. No me preocupa lograr una reproducción de la imagen lo mas fiel posible a la que se obtendría a partir, por ejemplo, de una fotografía. Y digo a propósito fotografía para no decir realidad. Porque no existe eso que se llama realidad como una entidad univocamente establecida fuera de la facultad perceptiva del observador. De modo que el significado de la palabra hiper-realismo es un concepto nada real, siguiendo el juego de palabras. Que quiere decir hiper-realismo?, quiere decir algo que es mas real que lo real, que persigue retratar lo real con semejante lujo de detalle y aproximacion perfecta que supera la propia realidad en una especie de apoteosis de deslumbramiento visual. De lo que sí podemos estar seguros es que el hiper-realismo, sea lo que sea, no es real. Si lo fuera lisa y llanamente se debiera llamar realismo. Claro que tampoco el realismo es real. Pero como yo soy un pintor y no un crítico ni un historiador del arte, dejo estos temas acá porque mas alla de esto no me interesan.

La crítica es al arte lo que la teología es a la mística. Yo prefiero sumergirme en la experiencia mística de los pinceles y colores. Me siento mas cómodo en el papel de místico salvaje que en el de crítico culto.

Mi pintura cambia todo el tiempo, no podría reducir mis trabajos a ningún estilo especifico, soy muy anárquico en este sentido: pinto lo que siento y en ese sentir esta incluido el cómo lo pinto. A veces utilizaré espátula, a veces pinceles. La mas de las veces ambas cosas y junto a eso los dedos. Hasta uso mi mano derecha como paleta! En el frenesí que se experimenta cuando se está pintando, la urgencia lleva a realizar estas cosas.

Nunca como en el proceso creativo esta mejor empleada la palabra entusiasmo en su significado profundo: tener un Dios dentro de sí. Cuando pinto experimento el entusiasmo. Se abren las compuertas a la revelación privada de una gloria inefable. Vuelvo a mi divinidad! Soy nuevamente Dios! Lejos y atrás quedan las  pretendidamente importantes metas que plantea el mundo diario. Esa mediocridad de miras que los mediocres elevan a la categoría de la  aspiraciones valiosas porque ellos mismos no son capaces de elevarse por sobre su propia mediocridad. Y como nos damos cuenta de la impostura? Porque los mediocres, y sus mediocres metas, son serios. En cambio los dioses ríen y sus risas se escuchan como truenos en los bordes de los abismos. Cuando pinto soy, para sintetizarlo, simplemente feliz. Y esa es la cualidad intrínseca e ineludible de Dios. Todo lo demás puede venir e irse. Pero no existe Dios donde no existe felicidad.

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Paletas! Paletas!

No. No se trata de la venta de dulces ni de helados, aunque no estaría nada mal! Se trata de las paletas de pintura, que resultan ser un género en sí mismas. De pronto me di cuenta que en paralelo con la pintura que estoy desarrollando, se va conformando un cuadro abstracto, absolutamente espontaneo e impensado, y por eso mismo con un poderoso componente de originalidad, e incontaminada pureza. La paleta! 

Así como los escritores a un costado de sus textos van armando sus meta-textos, los cuales ademas suelen ser publicados para regocijo de aquellos entomólogos de la obra, que adoran hurgar en el rico humus del proceso creativo; así, al lado de cada cuadro se va desplegando la paleta correspondiente, su meta-cuadro.

Las paletas tienen su propia forma expresiva. Allí aparecen las salpicaduras, los raspones, las búsquedas, los estados de ánimo, los altibajos emocionales, los entusiasmos y los desalientos, los arrebatos y las tensiones generadas por y en torno a la obra. Si miramos las paletas podríamos inferir la existencia de una rara especie de ave picoteando la madera’, el vidrio o el acrílico de la paleta con un pico que exuda, sangra, mana colores. Picotazos como besos nerviosos, frenéticos, o como lastimaduras, ríspidas, arrítmicas.

La paleta también posee una naturaleza acuosa, líquida, fluida. Como en un remanso que recibe el drenaje del agua que proviene desde mas arriba, el liquido se va mezclando consigo mismo en sus distintas etapas y va formando un dibujo de apasionadas curvas diluidas, que luego al secarse queda como un tributo, un homenaje a la pasión. Hay en la contemplación de la paleta la misma percepción que podría obtenerse al contemplar la fotografía de dos amantes luego del amor, exhaustos y satisfechos, descansando en un silencio y una paz que emergió a continuación del clímax del sonido y la furia. Y elijo la palabra contemplación a propósito, porque en la paleta queda registrada una actividad que ya no pertenece al presente sino a un pasado, a aquello que fue. Nido de pétalos de rosas desarmadas o desprolija y exquisita mezcla de hojas, briznas, ramas y elementos naturales dispersos luego que el viento jugara con ellos en algun lugar de una pradera o bosque.

Contemplación sumamente zen, porque es la contemplación de algo salvaje en la pureza de su naturaleza sencilla y despojada, de una belleza deslumbrante porque no ha sido tocada por la mente humana. Un acto puro. Como los pájaros y el agua, como el amor en los instantes del amor, salvaje y sin pensamientos. Belleza pura!

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Inicios

Uno de mis primeros recuerdos es el de estar solo en una habitación vacía, pintando un barco con temperas sobre papel. No recuerdo el color del barco, pero sí recuerdo el color del mar: una mezcla de azul ultramar y azul cerúleo. Lo importante no era el barco sino el mar. El barco era simplemente un objeto referencial que le daba a esa superficie azul el significado de mar. Recuerdo el olor de la témpera, su textura fluida, cremosa y brillante. Recuerdo el pomito plateado con la etiqueta de papel pegada encima (ahora los pomos suelen ser plásticos e impresos directamente, lo que para mí es como una profanación, un sacrilegio al espíritu del color). Recuerdo que dentro de la tapita de baquelita negra había un diminuto disco de corcho cubierto con un trozo circular de papel metalizado que preservaba la témpera del contacto con el aire al cerrar el pomo. Recuerdo esas cosas. Eran cosas maravillosas.

El placer de mojar el pincel en el color y extenderlo sobre el papel era equiparable al placer de olerlo. Mi relación con la pintura siempre fue visceral: a lo que más se le pareció siempre es al acto de comer. Para mi pintar siempre fue como alimentarme, un acto de una fisicalidad absoluta y plena. Un acto donde desaparecen las barreras ficticias entre lo que se considera espiritual y material. Para el alma apasionada con su experiencia en este plano, materia y espíritu son lo mismo. Un gozo de vivir y experimentar creativamente el Ser.

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